divendres, 16 de juny de 2017

Ca la Pixoxa







"Es la idea la que no tiene precio."

La criminalización de la pobreza


 
 

De El País.


Si es pobre, por algo será. Si le van mal las cosas, es que no se ha esforzado suficiente. Como una lluvia fina, el pensamiento que culpabiliza al pobre por ser pobre y al parado por no encontrar trabajo va calando en el discurso político. Es en realidad el reverso del ideario del liberalismo económico, que entroniza la figura del emprendedor como modelo social y sitúa la competitividad como motor de cualquier progreso. En fase de bonanza económica, especialmente si está basada en dinámicas especulativas, este ideario tiene una gran aceptación social porque siempre hay historias de éxito fulgurante que mostrar. Pero en tiempos de crisis, puede volverse fácilmente contra los pobres y los parados, a los que se presenta como sospechosos de holgazanería y culpables de haber malbaratado sus oportunidades.

Aunque pocas veces se expresa abiertamente, el desprecio por quienes necesitan ayudas públicas acaba aflorando. A veces de forma inoportuna, como le ha ocurrido al candidato republicano Mitt Romney. Sugerir que casi la mitad de los norteamericanos son parásitos sociales ha arruinado su carrera a la presidencia de Estados Unidos. Otras, de forma estridente, como cuando la diputada Andrea Fabra lanzó en el Congreso de los Diputados aquel burdo “que se jodan” en el momento en que se debatía recortar prestaciones a los parados. Y a veces sibilinamente, como cuando el diputado Josep Antoni Duran i Lleida afirmó que mientras los payeses catalanes lo pasan mal, en otras partes de España “hay campesinos que pueden quedarse en el bar de la plaza y continúan cobrando”.

Estas palabras no son inocentes. “El relato que se hace de lo que ocurre es determinante porque contribuye a construir el marco conceptual que servirá de referencia a la hora de valorar lo que ocurre”, explica Montserrat Ribas, profesora de la Universidad Pompeu Fabra y coordinadora del grupo de investigación sobre Estudios del Discurso. Si en ese relato se introduce la idea de que los parados y los pobres son parásitos, es presumible que cuando se decidan recortes en las prestaciones, estos no encuentren resistencia entre quienes no sufren esa situación.





La crisis se presenta como catástrofe pero también puede verse como estafa


divendres, 2 de juny de 2017

Love in the time of Capital

De: https://www.guernicamag.com/



When Eva Illouz says passion depends upon scarcity, she does so with the best of intentions. Recently named one of the most important thinkers of the future by German newspaper Die Zeit, Illouz could very well be the twenty-first century’s next great public intellectual. And how did she become internationally popular? Instinct. In trying to get at what most irks her, she’s analyzed everything from love’s leap into leisure, to Freud’s popularity in the American workplace, to psychobabble as a new lingua franca. Historian? Philosopher? For lack of a better term, Illouz is a cultural theorist. Unlike other theorists, however, her ideas are more than just complex complaining; they are surprising and poignant, perhaps because all of her investigations come from the heart. Things get to her, or as she told me, they “trouble” her.
Take for example her reversal of the most basic Marxist precept. Any sixteen-year-old with a Che t-shirt will tell you: capitalism makes us robots. And yet, it doesn’t, Illouz thought. In fact, it does just the opposite. Our hypermodern lives are hyperemotional. It was then that Illouz began to trace back our obsession with feeling, which, according to her, began in the workplace, where surprisingly, Freud was used to better workers’ effectiveness. Soon, the early psychologist’s ideas spread to the private sections of our daily life, to the extent that now we can’t describe our lives without psychotherapy, as Illouz points out in her most recent book, Saving the Modern Soul: Therapy, Emotions, and the Culture of Self-Help. To explain our actions we have to hearken back to childhood memories and recognize emotional needs. She sees Howard Gardner’s concept of “emotional intelligence” as an extension of this psychological trend. What for Gardner is an aptitude for person-to-person response, Illouz sees the new calculating currency of advanced “emotional capitalism.”
If there is a predecessor to Illouz’s intellectual eclecticism, it would be the Frankfurt School’s attempts to analyze modern life on its own terms. For Illouz, those terms are web 2.0. She sees this phenomenon fueled primarily by the self’s modern currency: emotion. Drawing on nearly every thinker imaginable from Descartes, to Habermas, to Foucault (thanks to her background as a polymath, literati, and more recently, sociologist), Illouz can take the most tired topic and breathe new life into it. She sees Freud in Oprah, Machiavelli in Facebook, and the capitalism inherent in a candlelight dinner. And yet, despite the sheer variety and volume of thinkers she borrows from, her subjects are so topical, so right on, that it’s hard not to be pulled in.
Her first book, Consuming the Romantic Utopia: Love and the Cultural Contradictions of Capitalism, focuses on love’s attachment to consumer capitalism. When love leaves the house and enters the public sphere in the nineteenth century, the date, as we know it, is born. Simultaneously, advertisers create new marketing strategies for domestic products to attract women. Domestic doodads like dish soap are magically transformed into Mr. Perfect magnets. In no time at all, it would seem, romance and consumption become inseparable. It stays that way until some fifty years later, when romance is rationalized. What was once passion becomes calculation, as she describes it in her next book, Cold Intimacies: The Making of Emotional Capitalism. Rather than waiting to be whisked away by the Bounty man, or good fortune on the Ferris Wheel, we look for matches via cost-benefit analysis. In this new world, sexy bodies and tight physiques are not part of real intimacy. Fantasy is no longer intimate. Looking for a boyfriend or girlfriend has more to do with finding an “authentic” other, than a six-pack. Thus, the pairing of personality profiles. Thus, the constant talk of our emotional interplay.
But there we are again, getting emotional about being emotional. When I asked Illouz about this loop I found in myself while reading her, she laughed and assured me there was hope. It turns out, she’s been troubled by that too. So she created a theory for theory. Basically, Illouz criticizes the way economists, sociologists, psychologists present the individual as a sort of automaton. Illouz argues that the very nature of choice has changed in modern society. That’s why she proposes “ecology of choice,” a new language with which to describe our ever-growing catalogue of options. I wasn’t sure I understood all of that, so I asked her to clarify and she simply replied, “You’ll have to wait for my next book.”
Born in Morocco, raised in France, she studied, and later, taught at some of the best universities in the world. As a result she has become something of an international intellectual, with her books translated into over ten languages. I interviewed her in Jerusalem via Skype from Colombia, where she has a small group of loyal readers.



divendres, 12 de maig de 2017

"El capitalismo trata como trastorno de la personalidad lo que antes se consideraba lealtad, coherencia u honradez"

A Guillermo Rendueles se lo suele describir como un psiquiatra antipsiquiatra. La etiqueta no es del todo atinada, porque es siendo psiquiatra en el ambulatorio del barrio gijonés de Pumarín como Guillermo Rendueles se gana los garbanzos, pero algo de ello hay. Lo hay desde los años setenta, cuando el joven militante del PCE que era Rendueles participó con entusiasmo en un exitoso movimiento cuya etiqueta era precisamente ésa, antipsiquiatría, y que, imbuido de toda la candidez libertaria de mayo del 68, abogaba por derruir los muros de los manicomios. El encierro, clamaban aquellos jóvenes revolucionarios, agravaba la locura en vez de curarla, y lo que había que hacer con los locos era devolverlos a la sociedad en lugar de apartarlos de ella. Cuando el consabido Desencanto coció el 68 para menguarlo, los jóvenes revolucionarios se convirtieron en grises burócratas de los gobiernos del PSOE y los manicomios renacieron bajo nuevas formas, pero el protagonista de esta entrevista siguió clamando contra la mala psiquiatría. Hoy, nos cuenta, hay más locos atados que antes y los fármacos que esta sociedad histérica consume con desmedida avidez para poder soportar los ritmos endiablados del turbocapitalismo no dejan de ser manicomios infinitesimales, camisas de fuerza químicas con las que la Oceanía orwelliana que habitamos nos sujeta para transformarnos en sus sujetos ideales: hámsteres individualistas que, mientras galopan en sus ruedas, sueñan con emprenderse a sí mismos como las pulgas de un famoso poema de Eduardo Galeano con comprarse un perro. «Lo que usted necesita no es un psiquiatra ni una pastilla, sino un comité de empresa», receta a veces Rendueles a los pacientes que se acercan a su consulta aquejados de los estreses y astenias consustanciales al esclavismo moderno. Que el mundo recupere un sentido de lo colectivo cada vez más menguado es la aspiración política fundamental de este loquero atípico y heterodoxo que se educó con José Luis García Rúa, simpatiza con Podemos y no perdona al PCE que devorara con falsas promesas a los mejores de su generación ni al PSOE que encarcelara a su hijo César por insumiso.